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lunes, 27 de diciembre de 2010

Jezabel o París se va llenando de zombis.

(…) al mirar por la ventana y toparse con los colores neón que cubrían el cielo, sintió una fuerte presión en el pecho. Era de noche en París cuando el helicóptero aterrizó en la base y por tanto, era el peor momento para llegar. Los convertidos en zombis solían cazar de noche, más que a cualquier otra hora del día, como si la oscuridad les provocara más hambre, como si su sentido del olfato se intensificara dejándoles reconocer más fácilmente el olor de la carne viva y el sabor a hierro de la sangre se volviera más apetitoso. Sólo los rebeldes se atrevían a salir de noche, aferrados a sus reuniones clandestinas donde tocaban música, intercambiaban escritos, improvisaban teatro y pintaban sobre las paredes, obsesionados por salvaguardar celosamente lo que antes había sido tan cotidiano.

Los militares de la base le pidieron sus documentos, registraron su bolsa, le practicaron exámenes médicos minuciosos, también le hicieron muchas preguntas y la mayoría las respondió con mentiras. Cuando finalmente pudo salir del edificio, corrió los tres metros que la separaban de la segura puerta de éste y el auto de Louis, quien la esperaba con una expresión tan tranquila que parecía como si su vida no corriera peligro a cada segundo.

Al subir al auto lo primero que notó fue que su parabrisas estaba manchado de sangre, pero era una sangre negruzca que la asustaba y lo interrogó con la mirada.

-Atropellé a uno de esos bastardos, Jules, nada de cuidado. No creo haberle hecho mucho daño de todos modos.

Le gustaba Louis, excepto cuando hacía ese tipo de comentarios, le gustaba por su cabello negro y ondulado, su mirada ambigua y su perfil imperfecto. Habían estado juntos muchos años pero su relación, si podía llamarse así, había sido intermitente. A veces sólo hablaban, a veces sólo se besaban, a veces pasaban la noche juntos y al otro día él le preparaba el desayuno como si fueran un matrimonio joven. Nunca habían peleado, pues tenían otras maneras de herirse cuando era necesario. Había ocasiones en que sólo se veían una vez cada seis meses, cuando mucho. No eran nada, en realidad, “solo amigos”, habían dicho ambos en varias ocasiones cuando les preguntaban cuanto tiempo llevaban de novios.

-¿Me llevas a donde Aurora?.

Le preguntó mientras miraba por la ventana, reconociendo París, aunque una París muy triste en comparación con la que había conocido. Sintió que el corazón se le desbocaba al ver un par de ojos mirándola desde un callejón, o al menos eso le pareció ver. Louis no le contestó nada, en silencio había estado deseando que ella cambiara de planes, pero eso no ocurrió, aunque entendía que Jules quisiera ver a Aurora con tanta urgencia; seguramente quería redimirse por no haber ido a la boda, por no haberla visto en mucho tiempo. Él no volvió a abrir la boca en todo el camino y ella cantó muy bajo las canciones que iban sonando en la radio, hasta que llegaron al edificio donde vivía Aurora. Louis se estacionó y sacó su pistola de la guantera, pero Jules lo detuvo tomándolo por la muñeca.

-Voy a ir sola. Te llamaré después, ¿sí?

Sacó de su bolso su propia arma y bajó del auto con cautela luego de besarlo en la mejilla y agradecerle por haber ido por ella. Jules sabía que estaba siendo mustia con su actitud, pero parecía decidida a torturarlo por alguna razón que no alcanzaba a descifrar aún y decidió no pensar más en ello cuando tocó el timbre y le respondió una voz femenina que reconoció inmediatamente.

-Soy yo- Le dijo a la máquina, logrando que su voz no sonara tan temblorosa porque temía que de un momento a otro la tomaran manos muertas y le arrancaran la yugular de una mordida, aunque la calle en ese momento se veía desierta y Louis aún no había arrancado, esperando a que Jules estuviera segura.

-Sube, al 405.

La voz de Aurora sonaba animada y eso la hizo sonreír. La puerta hizo un sonido discreto y cedió ante el empuje de Jules, que lanzó una última mirada a Louis antes de que él arrancara por fin. La puerta se cerró con un clic y ella caminó hasta el elevador, sola, con sus pasos resonando en el piso. Ya no le gustaba la soledad como antes y el viaje hasta el cuarto piso en el pequeño cubículo del elevador lleno de pintas apocalípticas le pareció una tortura.

La puerta del departamento estaba abierta para ella, se colaba un haz de luz por la rendija y también el sonido hueco de música que aumentó de intensidad cuando Jules empujó la puerta tímidamente.

Sentado en un aparentemente cómodo sillón individual estaba el esposo de Aurora. Lo había visto apenas en un par de fotos algo borrosas y él alzó la vista en cuanto ella entró. Jules pudo reconocer entonces Everyday is like Sunday de Morrissey, saliendo del equipo de sonido, cerró la puerta tras de sí.

-¡Jules! ¿Llegaste? ¡Salgo en un momento, sigo en ropa interior!

Jules sonrió y el hombre miró de reojo hacia el cuarto donde estaba su mujer. Relacionarlo de esa forma con Aurora, con esos títulos, le resultaba muy extraño pues en los primeros años de amistad, Jules había llegado a pensar que nunca la vería atada a un solo hombre, pero ahí estaba él, protagonista de múltiples mails donde Aurora le contaba lo enfermamente que lo amaba. Se miraron en silencio un par de segundos y Jules sintió un hueco en el estómago que siempre vinculaba con la sensación de peligro, de muerte. Carraspeó con incomodidad, en ese momento pensó que no le gustaba su mirada, pero su pensamiento, que oscilaba entre la extrañeza y los celos, se interrumpió cuando él se levantó del sillón, la tomó por los hombros apretando un poco más de lo normal y la besó en las mejillas. Se presentaron formalmente, ella le sonrió como si de inmediato lo aceptara tal y como había hecho con los otros hombres de Aurora. Él le preguntó por el viaje, por cortesía y ella le respondió escuetamente, también por cortesía.

Fue un alivio cuando Aurora salió por fin, sonriendo tan contenta que Jules olvidó por completo la tensión que había sentido. Se abrazaron largamente y a Jules no le importó que el esposo quedara relegado mirando la escena por fuera.

-¡Nos emborracharemos hoy mismo! Y mañana habrá una cena en casa de Rose, yo voy a cocinar, celebraremos que estás aquí…entre otras cosas.

Jules apreció el entusiasmo de Aurora, un entusiasmo que ella había perdido por completo cuando se dio cuenta de que el mundo se caía a pedazos, incapaz de ser como Aurora, incapaz de dejar de sentirse tranquila sólo si tenía un alma en su bolso de Chanel y le sonrió por primera vez a Benjamin, el esposo, cuando vio que miraba a Aurora como si todavía hubiera mundo.

3 comentarios:

  1. Tita con este capítulo me dejaste picado *o*. Me gustan mucho las historias con zombies y me encanta tu forma de escribir 8eso ya lo sabes). Por favor no se te ocurra dejarlo botado, porque quiero leer más de esto.
    RIFAS!!!!!!!!

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  2. Amé lo del matrimonio jóven!!!!! ASSS YOU & ME!!!!! :P

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  3. @Jorge son pedazos *-* a ver que sale de mis pláticas futuras con @Auroristar

    @Hipocampo jajaja sí, de hecho tomé lo del matrimonio joven de esa mítica frase de Andrea en Querétaro.

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