El Musée d'Orsay. El edificio horizontal ya no era en lo absoluto lo que había sido años atrás y la magnificencia de su construcción estaba ahora opacada por grafittis, vidrios rotos y la constante presencia de las luces neón en el cielo que le propinaban una tétrica vestidura lumínica. El arte se había quedado ahí adentro; al momento de la histeria nadie se había molestado en salvaguardar esos tesoros como se habían hecho en otros tiempos de crisis y se debía a que un cuadro impresionista no haría ningún milagro ante el ataque de un muerto viviente o ante el viaje de una bala perdida o al menos eso se había dicho en un principio.
Sin embargo, paulatinamente habían ido desapareciendo las obras en mejor estado o las más significativas, porque todos habían dicho en algún momento que el arte no iba a salvar a nadie pero a la vez nedie perdía la oportunidad de tener un Delacroix en su casa si eran capaces de, ya no digamos robar, sino de internarse entre las ruinas y esquivar a los zombies para obtenerlas.
Claro, el arte no salvaría a nadie, pero había quienes arriesgaban la vida para conseguirlas ya fuera por capricho, por nostalgia, por la adrenalina del robo o tal vez y seguramente esa era la razón más poderosa, por aferrarse a algo, así, sin más.
Jules nunca había robado nada en toda su vida, ni siquiera en los tiempos más duros cuando había tenido que pasar por las más terribles situaciones para sobrevivir, pero había aceptado la invitación de Benjamin como si guera una ida al cine. También Louis había sido parte del plan previamente pero Jules se las había arreglado para provocar una pelea unas horas antes de la hora en que habían quedado con el esposo de Aurora. De cualquier forma con o sin Louis no irían solos y ella interpretó que aquello no era una cita, ni siquiera después de lo que había pasado en la terraza y aún así no se arrepentía de haber dejado a Louis o de no haber invitado a ningún otro con el que tuviera vínculo cercano, como un acto consciente que a su vez era un mensaje encriptado.
Bajó del auto que aparcó justo detrás de Benjamin, que iba en su motocicleta. En el camino no había cruzado palabra con ninguno de los amigos de su anfitrión, pues no le había interesado. Tuvo un melancólico sobresalto al ver el museo con sus mensajes apocalípticos en la fachada y recordó que en algún momento de su adolescencia había pensado, firmemente, que había cosas bellas que siempre permanecerían imperecederas y lo que tenía enfrente era una alegoría de la realidad, una que siempre había estado ahí.
Cruzaron el umbral de la entrada principal como si fueran visitantes, aunque Jules pudo sentir la tensión apoderándose de su cuerpo recorriendo lentamente su espina dorsal, con tanta determinación que dolía. Se mantuvo alerta pues aunque el polvo, la humedad y el abandono dotaban al lugar de un olor peculiar, cuando los muertos se acercaban, el olor de la carne putrefacta era una señal más para que nadie con experiencia fuera tomado desprevenido.
Caminaron sigilosamente entre los pasillos y ella miraba a Benjamin de vez en cuando, con el tipo de mirada ansiosa de quien espera algo, mientras su mente le jugaba sucio, haciéndola imaginar que en cualquier momento se perderían de la vista de los otros y el daría el paso definitivo en el más oscuro de los rincones. Nunca sucedió.
Elegir el cuadro no fue difícil, habían pensado en robarse El origen del mundo de Courbet pero en cuanto Jules pudo vislumbrar La Indolente de Bonnard, supo que ese tenía que ser el cuadro. Lo encontró descolgado de su sitio y tenía un desprendimiento considerable en la parte superior pero eso no lohacía menos deseable. La Indolente. Jules se acuclilló para, de forma simbólica, hacer lo que no había podido cuando era una niña y la llevaban a los museos: tocar el óleo y sentir la textura bajo sus dedos de tal forma que pudiera convencerse de que estaba ante algo real. Aquél apocalipsis, pensó con amargura, tenía sus lindos detalles.
Los amigos de Benjamin se acercaron para tomar el cuadro, ella se irguió para, firme, cuidarles las espaldas con ayuda de su rifle ruso, Benjamin y otro hicieron lo mismo y durante la primera mitad del camino de regreso al auto, todo transcurrió en una inusitada calma, hasta que escucharon el sonido de varios cristales rotos bajo el peso de alguien al caminar.
Fue Benjamin quien se adelantó mientras Jules lo seguía con la mirada, perdiéndolo cuando giró en un pasillo y no pasaron ni treinta segundos cuando se escuchó el primer disparo y reapareció por el mismo camino con un gesto extraño en el rostro.
-No suelten el cuadro, ya es nuestro.
Fue su orden y el que llevaba cargando a La indolente echaron a correr. Jules no, ella corrió hacia él con el rifle listo y disparó en el justo momento en que uno de los muertos vivientes doblaba la esquina y alargaba sus manos ensangrentadas y terribles hacia ella. La bala golpeó en su cabeza y ella contó uno menos. Sin embargo los sonidos alentaron a los nuevos habitantes del Musée d'Orsay y el recinto se fue llenando de cuerpos descompuestos, con su caminar desencajado, sus miradas vacías y sus dientes ensangrentados ansiosos de carne tibia.
La escolta se encargó con una lluvia de balas de que La indolente saliera segura del Orsay, de tal forma que también pudiera admirar el cielo neón que había causado la paulatina destrucción de su entorno. Los cuerpos de los zombies cada vez más desesperados, caían poco a poco bajo la inclemencia de los disparos.
Jules encontró la mirada de Benjamin en varias ocasiones y en una en particular, se sonrieron cómplices, como si estuvieran haciendo equipo en un videojuego de realidad virtual y a pesar de eso, Cristina nunca olvidó que estaban ahí para adquirir un regalo para Aurora e incluso ella misma estaba convencida de querer darle ese tributo. La indolente cruzó las puertas del museo y fue introducida en el auto para que iniciara su viaje. Los zombies ganaban velocidad fungiendo el papel imaginario de guardias del museo y cuando Jules quiso subir al auto para tomar su lugar entre el resto de los ladrones, Benjamin la tomó por la muñeca y la invitó a subir a su moto, dándole también su pistola.
-Yo manejo y tú puedes seguir disparando. - Hizo una pausa y le sonrió arrogante, ese tipo de sonrisa que en otras ocasiones la había hecho fruncir el ceño ahora le había ocasionado un ligero temblor en las piernas - al menos hasta donde seas capaz con tu puntería.
Jules montó tras él, ajustando la correa de su rifle y pasándolo a su espalda mientras tanto la moto como el auto arrancaban. Disparó tres veces y la última imagen antes de girarse y aferrarse a la cintura de Benjamin con firmeza fue la de uno de los condenados cayendo al lado del mítico rinoceronte de la fachada, sosteniéndose de él lo más posible, manchando de sangre negruzca el ya de por si vandalizado cuerpo del animal.
El viento frío le golpeó en el rostro, como si quisiera despertarla y de ese modo, fue mucho más sencillo tomar como debía la entrega del cuadro a su dueña verdadera.
Mientras Aurora decidía donde colocar la nueva adquisición y Benjamin se iba a la otra habitación a cambiarse de ropa, Jules admiraba a su amiga ansiosa por abrazarla y por enredar los dedos en su cabello rubio mientras lo hacía, a pesar de todo. Miró a La indolente que reposaba en el suelo una vez más esperando su nuevo sitio y cayó en la cuenta de la ironía del regalo, porque fue justo en ese momento que supo, sin ninguna duda y casi como una premonición, que ella misma, desnuda sobre una cama desconocida, lanzaría una mirada libre de culpas al mundo.
Sin embargo, paulatinamente habían ido desapareciendo las obras en mejor estado o las más significativas, porque todos habían dicho en algún momento que el arte no iba a salvar a nadie pero a la vez nedie perdía la oportunidad de tener un Delacroix en su casa si eran capaces de, ya no digamos robar, sino de internarse entre las ruinas y esquivar a los zombies para obtenerlas.
Claro, el arte no salvaría a nadie, pero había quienes arriesgaban la vida para conseguirlas ya fuera por capricho, por nostalgia, por la adrenalina del robo o tal vez y seguramente esa era la razón más poderosa, por aferrarse a algo, así, sin más.
Jules nunca había robado nada en toda su vida, ni siquiera en los tiempos más duros cuando había tenido que pasar por las más terribles situaciones para sobrevivir, pero había aceptado la invitación de Benjamin como si guera una ida al cine. También Louis había sido parte del plan previamente pero Jules se las había arreglado para provocar una pelea unas horas antes de la hora en que habían quedado con el esposo de Aurora. De cualquier forma con o sin Louis no irían solos y ella interpretó que aquello no era una cita, ni siquiera después de lo que había pasado en la terraza y aún así no se arrepentía de haber dejado a Louis o de no haber invitado a ningún otro con el que tuviera vínculo cercano, como un acto consciente que a su vez era un mensaje encriptado.
Bajó del auto que aparcó justo detrás de Benjamin, que iba en su motocicleta. En el camino no había cruzado palabra con ninguno de los amigos de su anfitrión, pues no le había interesado. Tuvo un melancólico sobresalto al ver el museo con sus mensajes apocalípticos en la fachada y recordó que en algún momento de su adolescencia había pensado, firmemente, que había cosas bellas que siempre permanecerían imperecederas y lo que tenía enfrente era una alegoría de la realidad, una que siempre había estado ahí.
Cruzaron el umbral de la entrada principal como si fueran visitantes, aunque Jules pudo sentir la tensión apoderándose de su cuerpo recorriendo lentamente su espina dorsal, con tanta determinación que dolía. Se mantuvo alerta pues aunque el polvo, la humedad y el abandono dotaban al lugar de un olor peculiar, cuando los muertos se acercaban, el olor de la carne putrefacta era una señal más para que nadie con experiencia fuera tomado desprevenido.
Caminaron sigilosamente entre los pasillos y ella miraba a Benjamin de vez en cuando, con el tipo de mirada ansiosa de quien espera algo, mientras su mente le jugaba sucio, haciéndola imaginar que en cualquier momento se perderían de la vista de los otros y el daría el paso definitivo en el más oscuro de los rincones. Nunca sucedió.
Elegir el cuadro no fue difícil, habían pensado en robarse El origen del mundo de Courbet pero en cuanto Jules pudo vislumbrar La Indolente de Bonnard, supo que ese tenía que ser el cuadro. Lo encontró descolgado de su sitio y tenía un desprendimiento considerable en la parte superior pero eso no lohacía menos deseable. La Indolente. Jules se acuclilló para, de forma simbólica, hacer lo que no había podido cuando era una niña y la llevaban a los museos: tocar el óleo y sentir la textura bajo sus dedos de tal forma que pudiera convencerse de que estaba ante algo real. Aquél apocalipsis, pensó con amargura, tenía sus lindos detalles.
Los amigos de Benjamin se acercaron para tomar el cuadro, ella se irguió para, firme, cuidarles las espaldas con ayuda de su rifle ruso, Benjamin y otro hicieron lo mismo y durante la primera mitad del camino de regreso al auto, todo transcurrió en una inusitada calma, hasta que escucharon el sonido de varios cristales rotos bajo el peso de alguien al caminar.
Fue Benjamin quien se adelantó mientras Jules lo seguía con la mirada, perdiéndolo cuando giró en un pasillo y no pasaron ni treinta segundos cuando se escuchó el primer disparo y reapareció por el mismo camino con un gesto extraño en el rostro.
-No suelten el cuadro, ya es nuestro.
Fue su orden y el que llevaba cargando a La indolente echaron a correr. Jules no, ella corrió hacia él con el rifle listo y disparó en el justo momento en que uno de los muertos vivientes doblaba la esquina y alargaba sus manos ensangrentadas y terribles hacia ella. La bala golpeó en su cabeza y ella contó uno menos. Sin embargo los sonidos alentaron a los nuevos habitantes del Musée d'Orsay y el recinto se fue llenando de cuerpos descompuestos, con su caminar desencajado, sus miradas vacías y sus dientes ensangrentados ansiosos de carne tibia.
La escolta se encargó con una lluvia de balas de que La indolente saliera segura del Orsay, de tal forma que también pudiera admirar el cielo neón que había causado la paulatina destrucción de su entorno. Los cuerpos de los zombies cada vez más desesperados, caían poco a poco bajo la inclemencia de los disparos.
Jules encontró la mirada de Benjamin en varias ocasiones y en una en particular, se sonrieron cómplices, como si estuvieran haciendo equipo en un videojuego de realidad virtual y a pesar de eso, Cristina nunca olvidó que estaban ahí para adquirir un regalo para Aurora e incluso ella misma estaba convencida de querer darle ese tributo. La indolente cruzó las puertas del museo y fue introducida en el auto para que iniciara su viaje. Los zombies ganaban velocidad fungiendo el papel imaginario de guardias del museo y cuando Jules quiso subir al auto para tomar su lugar entre el resto de los ladrones, Benjamin la tomó por la muñeca y la invitó a subir a su moto, dándole también su pistola.
-Yo manejo y tú puedes seguir disparando. - Hizo una pausa y le sonrió arrogante, ese tipo de sonrisa que en otras ocasiones la había hecho fruncir el ceño ahora le había ocasionado un ligero temblor en las piernas - al menos hasta donde seas capaz con tu puntería.
Jules montó tras él, ajustando la correa de su rifle y pasándolo a su espalda mientras tanto la moto como el auto arrancaban. Disparó tres veces y la última imagen antes de girarse y aferrarse a la cintura de Benjamin con firmeza fue la de uno de los condenados cayendo al lado del mítico rinoceronte de la fachada, sosteniéndose de él lo más posible, manchando de sangre negruzca el ya de por si vandalizado cuerpo del animal.
El viento frío le golpeó en el rostro, como si quisiera despertarla y de ese modo, fue mucho más sencillo tomar como debía la entrega del cuadro a su dueña verdadera.
Mientras Aurora decidía donde colocar la nueva adquisición y Benjamin se iba a la otra habitación a cambiarse de ropa, Jules admiraba a su amiga ansiosa por abrazarla y por enredar los dedos en su cabello rubio mientras lo hacía, a pesar de todo. Miró a La indolente que reposaba en el suelo una vez más esperando su nuevo sitio y cayó en la cuenta de la ironía del regalo, porque fue justo en ese momento que supo, sin ninguna duda y casi como una premonición, que ella misma, desnuda sobre una cama desconocida, lanzaría una mirada libre de culpas al mundo.
Lo de tocar el lienzo me provocó una grata sonrisa. Se siente la tensión en el momento, pero también hacen reir esos pequeños detalles humorísticos. Muy bien escrito, felicidades.
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